No te acerques a mí, porque sé que te puedo lastimar.




2 comentarios:

  1. Estimada desconocida:
    Hay un proverbio oriental que dice así: "Al principio fue el sentido..."

    Qué enorme poder de seducción esconde dibujando de un trazo tan sutil, un enigma tan vasto, no le parece. Es curioso como mediante los recursos del lenguaje, tan lejanos a la razón, más propios del lirismo que germina al permitir sin ambages que surja nuestra íntima voz confidente, hayan sido capaces de abordar cuestiones tan complejas para ofrecer una solución pacífica y sanadora, en contra de esta tendencia de dominio a la que todo se proyecta en nuestro celebrado mundo occidental. Esa misma comparación, que también me recuerda el cuento del junco y el roble, más cercano a nosotros, me suelen llevar a observar la enorme distancia que me separa del infinito e inasequible mundo femenino, tan desconocido para mí. Y así muchas veces he fantaseado con lo que debió ser aquel lejano acontecimiento, tras aquel fogonazo eléctrico en la noche, porque todo tuvo que suceder al amparo de la noche, ya me entiende, es más romántico, aquella noche mágica en que un hombre, el primer hombre desde ese momento y una mujer, la primera mujer, alumbrados por la primera hoguera silvestre, se encontraron cara a cara, ya lo habían hecho antes por supuesto, como hembra y macho, pero por primera vez al tomar conciencia de sí mismos, de su identidad en el reflejo de la mirada del otro, no sólo comprendieron que eran uno, hombre y mujer, sino que no estaban solos, que había más como ellos y que se mostraban con la misma perpleja curiosidad ante un mundo desconocido y extraordinario de inmensas riquezas, diferencias que también pudieron observar entre ellos. Cómo se han desarrollado desde aquel momento las comunidades y más tarde las civilizaciones, siempre apoyadas sobre este acontecimiento maravilloso que no deja de repetirse, manteniendo intacta su magia primigenia, es algo que me volvió a la memoria al mirarla por vez primera.

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  2. -María, ven corre...

    Mi hermana apareció por la puerta de la habitación, con el gesto algo adusto y cansado, acostumbrada y resignada ya a los reclamos de este torcido enjambre de controversia que a usted se dirige.

    -Mira.

    –Sí, muy guapa y qué...

    –No, guapa no, mira... Pero nuestra mirada es caprichosa y no todos somos afortunados en poder gozar de los privilegios que de forma sutil nos ofrece el azar. A qué responde esto, sería cuestión ardua e inconclusa a su término y este sin duda no es el foro ni este el momento adecuado. Entonces se preguntará, por qué me dirijo a usted señorita..., no lo sé..., mas que como una pulsión inevitable, no tanto el hablarle como el mirarla, mirarla y no dejar de mirarla señorita, sin entender, sin entender mas que de haber belleza en algún lugar usted debe ser su fuente, su manantial, sin entender mas que de haberse escondido la delicadeza en algún lugar, ha de haber sido usted su refugio, sin saber mas que no sé, y que si ha de existir un dios y todo el amor que dicen siente por la naturaleza, fue sin duda usted la obra mayor con la que buscó saciar todas las penas, al mirarla y pensar que era el mismo dios quien nos acariciaba..., misma eternidad. No, lo cierto es que no estoy inspirado, en la palabra no me hallo, por más que lo intente no encuentro palabras que expresen..., que la expresen a usted señorita, no encuentro la manera de llenar de palabras su nombre y será porque cuando yo la miro a usted no veo a la mujer que bautizaron con ese mismo nombre, será porque cuando yo la miro a usted señorita, veo a una mujer que conozco, en la que me reconozco satisfecho, que aligera como una brisa estival la musculatura de la conciencia, y no es su belleza, que no es eso, bella aún más bella que la belleza, inasequible a los delirios de un mortal, lo que me embriaga, que es eso tan humano que no puede ser, pienso que de haber ser en usted lo que más entiendo cabría aproximársele, sería el ideal mismo de la femeneidad, del que usan tanto los románticos poetas, en una fantasía literaria y germinada así como una flor entre ramas de palabras. Por eso, porque no la conozco, porque no me reconozco, en este atrevimiento, porque no soy capaz de expresarla ni de expresarme, porque no sé, mas que mirarla y no quiero perderla, esa imagen ideal, esa mujer imaginada, abusando de su cortesía y bondad, me dirijo a usted gentil dama, tan sólo con el ánimo humilde de sucumbir a esta fantasía, sin otra aspiración mayor que depositar mi palabra en su imagen, obscenidad platónica. Espero que sepa entender y no le incomode saber que las vidas de sus imágenes despierten tan hondas vocaciones...

    Suyo atentamente,

    Jonás

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