Certezas.

Las puertas fruncen el ceño y a mí se me hace cada vez más lejano escribirte, como si con el tiempo te hubieses transformado en concepto puro, en definición precisa, como si todo eso que estaba fuera, que salía de mí y de vos, que nos dejaba colgados en tan sólo una varilla de metal, se hubiese caído, se hubiese secado. Tengo los puentes, los llamados, notas a pie de página, el río de abril y más de tres canciones con tu nombre. Pero es todo tan metódico, es todo tan exacto que deja de pertenecernos (a nosotros: dueños de la imperfección, de los archivos a medias, de los tiempos equivocados, de algo que de repente era una sábana en el piso, despertarnos para apagar el despertador y en medio de una risa fumar un cigarrillo y bebernos de a sorbos.) El pasado se me volvió metal entre los dedos, historia para contarles a los otros y se temporizó en lo que era un invierno con paraguas. Te escribo pero al mismo tiempo siento que no te escribo, siento que lo que antes venía con las palabras, se perdió el tren, de la misma forma que mi mano te perdió, mi mano que ahora es una palabra, mi mano que sin tu mano es definición pura.