fallo

Apto a tu juicio, me encarcelás en el vocablo: juez subversivo del sustantivo, sofista del deber. Mi confesión sin juramento arde en silencio, me anticipo a la manipulación de tu ley. ¡Ah! De la inocencia, condenada a ser culpable; sentenciada a tu eterna absolución. El inmiscuido derecho a que existas: mi pena. Y ante la incapacidad de mirarte, la exclusión de hogar. Némesis irrefutable, tribunal de mis injusticias, tu afección como letra chica de un contrato falaz. Y a mi defensa, todas las pericias que te son apócrifas;

la libertad se consumará el día de tu ejecución.

una luna

Del julio en que fuiste mi pulóver
Quedan apenas dos agujas
De mi espalda entrelazada con tu lana
Queda el frío del invierno

Ya no te quiero
Ya no me abrigas
Ya no te tejo
Ya no la luna

inmersión

Me ahogo en un cuerpo harto de sí mismo. Existo en metáfora: me sumerjo para ser otra. Mis piernas se entrecruzan en el vacío; el agua es espejo de lo irascible. La temperatura precipita al lenguaje: nado en la percepción. Soy bajo una única circunstancia: hundirme en profundidad y dejar de ser. Ese precipicio me es realidad. ¿Acaso no somos más vida ante la posibilidad de morir? La inmortalidad urge constancia. El yo nace en la alteración: la imposibilidad de existir por debajo del agua es la posibilidad de existir por encima de ella.

no (desesperación)

Es raro cómo se puede perder la inocencia de golpe,
sin saber siquiera que se ha entrado en otra vida.


Una habitación vacía. Todavía ropa tirada en el piso, entremezclada entre cuadernos y hojas sueltas. No quedan libros, me los llevé como paragüas apenas empezó la lluvia. Quizás desde ahí empecé a ser otra, cuando salí corriendo bajo el techo para no mojarme. Me busco en las paredes y no sé dónde quedé. Tal vez en los papeles, la sucia materialización de los recuerdos. Me quiero leer pero todavía tengo miedo. Me esquivo. Busco un pañuelo, algo que usé cuando fui mía. Me tiro al piso y lloro. Mi yo no sabe por qué lloro, pero el otro que me mira desde el rincón de la ventana me percibe hasta en lo ausente, hasta en su propio cuerpo. No me abraza porque lo dejé hace tres meses (quiero decir que me dejé hace tres meses.) Respiro. Intento hasta el hartazgo transportarme a mi memoria, volar en tiempo a este mismo espacio. No puedo. Apenas una débil sensación que carece de imagen. Sensación de libertad. No puedo. Ya no soy libre. No puedo. Sólo recuerdos ajenos de este principio que soy: gritos desaforados, portazos que nunca se cierran, intentos de matar todo lo que existe para vivir. Para sobrevivir. Me levanto. Tomo los papeles. Tengo miedo pero tomo los papeles. Leo y ya no es idea, es certeza: hasta mi letra es otra. Quizás porque mis manos no habían secado tanta lágrima. No entiendo lo que dice, inconmensurabilidad: incompatibilidad de paradigmas. Ahora sí recuerdos míos: encerrarme en el placard para escribir. Escucharme desde otras canciones en la cama. Cama que no está. Dibujos. Y de repente, gente que supo verme. Extractos de abrazos, de caricias, de suspiros. Me siento libre. Me siento libre y entonces me miro y estoy encerrada, pero ésta vez el placard es mi cuerpo, cuerpo con tiempo como puerta. No puedo correr de este presente; no puedo como antes abrir la puerta del placard y acostarme en mi cama. No puedo porque mi cama no está, porque la habitación está vacía: porque yo soy la habitación.

somos sueño

Ante la ausencia de sueños-pasados/no presentes- queda la posibilidad (imposible) de creer (dígase creer porque carece de fundamento) que hay un depósito de todos ellos en algún lugar, el mundo inteligible que Platón le proporcionó a las ideas, pero que, por cuestión empírica, nace de un mundo sensible. Una suerte de “paraíso perdido” que de lugar a pensar que todo lo que soñamos sigue existiendo en alguna parte. Sueños que coexisten durmiéndose los unos a los otros, contradiciéndose de espacios y tiempos, deformándose en pesadillas, cambiando erráticamente de personajes. Así, sin caer en conformismos, vos y yo, a pesar de haber dejado de existir, existiremos tantas veces como hayamos soñado y al mismo tiempo. Quedará la esencia en la que nos dormimos, le dejaremos a ese otro mundo las circunstancias; soportaré verme ajena a nosotros, sabiendo que soy ajena a mí en otra parte. No acudiremos a preguntas, como tantas veces he acudido, del estilo: “¿qué será de lo que soñamos ser?” o “¿a dónde va todo lo que fuimos?”. Y lo más, amor mío, es que podré acostarme todos los días con la certeza de que iremos a parar a alguna parte.

marea alta

fuiste mi mar
y navegué en vos
tus olas me arrasaron la cintura
y me marearon el cuerpo
de la orilla al mundo
fuiste mi mar
y me ahogué de sal
tu remolino me chocó la espalda
y me hundió las piernas
en lo más profundo
fuiste mi mar
y de repente: espuma.