desfallecer

me trituró el sexo
con los dientes;
muté la piel de lo incorpóreo
en el filo de su lengua

sólo lo frágil
conmueve al placer;
el deseo
incita a la existencia

un instante es el centro
de toda rajadura

la condena

El silencio es vacío en este territorio; pero las palabras son también impenetrables. ¿Qué haré con este sufrimiento? Si no hallo puertas para encerrar mi angustia; si todo picaporte es grito en la inmensidad. El universo no alcanza, el universo se extiende. No tendré infiernos para dejar de ser: mi cuerpo carcomido, no será un sepulcro; mi alma triturada, no será la redención. ¿Para qué morir en esta vida? ¿Para qué vivir entre la muerte?

1. f. Carencia voluntaria o involuntaria de compañía.

Querida soledad:

Los últimos días con vos me han resultado sublimes. Sé que no seré ni la primera ni la última que se halle en tus brazos (y vos sí lo serás, lo sabés, en mi tumba), ¡pero qué importa! Fuimos, soledad, fuimos tan de la ventana como de un cuarto desquiciado por libros y memorias.
Deberé reconocer que hubo instantes en los que ansié correr desesperadamente lejos de vos, sentir que había otro del otro lado de la pared, abrigarme más allá de la frazada. Pero bastaba un espejo, una canción, un papel; y todo deseo de irme de mí, desaparecía.
De vos y en vos, conocí mis peores infiernos, trituré a la muerte en algunas madrugadas, me aferré a lo inexistente. Fue por vos que escribí la primera vez. ¡Ay, soledad! Me conocés hasta lo más hondo, hasta esa parte en la que yo no puedo acceder por ser yo misma.
Y sin embargo, esta necesidad de explicarte; como si no lo supieras, como si no te bastara el silencio. ¿Por qué? Porque no lo tolero soledad, porque no soporto que tantos bípedos implumes te desprecien, te lastimen, te echen de sus casas porque no saben hacer café o ver la luna. Eso es miedo, siempre miedo: le temen a la oscuridad, a la ausencia, a la calma. ¡Temen de sí mismos! Y no los culpo, soledad, no los culpo; sabés que la primera vez que apareciste debajo de la cama, hubiese salido corriendo si hubiera tenido a dónde correr.
Pero no, acá estoy; mirándote desde el centro de mí, escribiéndote desde unas manos que supieron acariciarte como si fueras palpable, conocerte en la fibra más íntima, revivirte en un bostezo y transformarte en una ducha.
Sé que te abandoné ciertos fines de semana, pero muchas veces sentí que te asfixiaba, que te sofocaba; y entonces, en un bar, cuando la espuma de la cerveza erguía, cuando todos sonreían y gritaban, sentía como una punzada en el estómago tu presencia. ¡Cuántas veces quise dejarte sola, soledad, y te volví a encontrar!
Esta carta jamás será una despedida: somos inseparables a pesar de la alteración eterna. Sabés que el día que me necesites, bastará con que detengas la línea del 107 o me cortes el agua; y yo, si te preciso, te buscaré en el cielo o en el desayuno. Pero creo inevitable este tiempo, esta distancia; aprender a ser con otros, soledad, y que vos les enseñes a los otros a ser por sí mismos.

Tu fiel compañera:
F.

feriado de infiernos

El invierno es perverso. Tiemblo todos mis muertos; el frío me corta los huesos. No existe piel: los dedos son de metal. Las calles carcomen impenetrables. Muto mi lengua, muto mi cuello a la intemperie. Mi cuerpo tiene cráteres. La noche me suicida.

cadáver exquisito II

Fumaba un porro cuando me articuló los dientes en la enredadera. El barro de su lengua ensució todas mis piernas; me hartó de ramas en el techo. "¡Ya no te quiero!"- recordé harto de sus crucigramas. El mareo del Smirnoff traía el recuerdo del fetiche de su compañía. "Incluso -llegó a pensar- sería más feliz con una porno de Descartes."
Las cañerías del tímpano en su ovario, el alma se cayó en el barro. Homosexual de invierno, el sexo en la ventana del cuaderno. "Se requiere de mucha paciencia para recibir una carta", se lamentó pensando en el perverso labor del correo y a su vez se excitó recordando los dientes de su dentista.
"¡Qué erótico el cristiano tocándome las tetas! Descartes sobre mis muslos: el arma del perverso sólo es la lengua. ¡Ay! Todos mis suspiros como un mantra en la boca del estómago." Se sentó en una cama desvencijada por el sexo vespertino y se decepcionó cuando llegó a la conclusión de que toda la mierda del mundo se colmaba en la copa que recordaba aquella erección.
El existencialismo porno de un invierno. Harto de fetiches le bañó de semen todo el alma; pelos en la boca: triturar la lengua. Estaba en un estado de tal excitación que hasta olvidó el nombre de su madre. Sólo podía pensar en penetrar su enredadera y libar todo néctar de cada una de sus flores. "Fito Paez vomitando. La menstruación es obstáculo del débil; la redención es la pija del inútil. Sartre como óvulo en la ventana, crucigrama de un enfermo. ¡Fiebre!"
Se metamorfoseó cuando pensó en sus tetas: siempre habían atormentado cualquier intento de relación. El bar cerraba y el techo se estremecía de luces coloradas. El dasein empezaba a quebrarse. Dasein amorfo, rito de zombie. "En mi pared, está tu vidrio; de esta persiana, mis delirios... ¡NO ACABES EN ESTA COPA!"
Se sujetó el estómago con las dos manos. El recuerdo fue la única arma mortal y de nada sirvieron los fetiches ni el cristianismo. ¡Ay, ese fantasma! Contempló por última vez su reflejo en el vidrio y trituró su cuerpo con el picahielo.


"El suicida", Eugenia & Florencia

cadáver exquisito I

"Es una técnica usada por los surrealistas, y se basa en un viejo juego de mesa llamado "consecuencias", en el cual los jugadores escribían por turno en una hoja de papel, la doblaban para cubrir parte de la escritura, y después la pasaban al siguiente jugador para otra colaboración."

Noche porteña, lejos del arrabal melancólico del tango, dos almas se pierden por Palermo con aires de Brasil. La tercer botella de ron arde en la noche: sexo con ancianos, morbo de Palermo. El cigarrillo es un imbécil.

Dos destinos se entrelazaban en el mismo humo añejo como desde siempre: la misma fotografía y el mismo ron. Todo lo que existe tiene vómito. "El placer nos devoró las uñas ¿Hasta dónde habré de comerme tus huesos?"
Del cielo y el vómito nacieron sus peores infiernos, las confesiones sobre sexo con background rojo, todo lo que surgía del alcoholismo de esos dos. "Aullo en torno a tu sombra, mi lengua de ron tiene tu muerte, no existe asilo para mi noche."
La oscuridad nocturna los absorbió en la estufa del comedor. El ron cumplía su efecto, y de beso en euro, la alfombra revivió el espíritu idiota: "Palermo no tiene territorio para coger, el ebrio es mudo, el telo se resquebraja entre tanto rojo". No, no hay alfombra, sus oídos se suicidan en la garganta, el hielo quema los ojos.
El bucle de su flequillo fue suficiente para el orgasmo. Cayeron desfallecidos en la Torre. Quizás alguno pensó en la decepción del naranjo deseado cuando cerró los ojos al sueño: "Ese paladar me asfixia. Todo tu cuerpo, mi saliva. Te acabo los huesos en el exacto instante donde la mutación es eterna. Mudo mi boca a todo tu vómito... no existe alfombra".
¡Qué tragedia la existencia! Toda su vida se reducía al fracaso cuando miraba su par de manos que cual pinzas de cangrejo sujetaban una miseria de realidad. "Te recorro cada fibra de este infierno. El sexo es territorio impenetrable, no bastan mis dedos para existirte. ¿Por qué tu paladar quema mi cuello? Tanto fantasma entre esos ojos, tanto volcán en esta boca... ¡No existe alfombra, imbécil! No existe."

"El fetiche", Eugenia & Florencia.

intermitencia

En el colectivo:
Estoy sentada en la parte de atrás; desde acá, el cielo parece una pared celeste. Bastaría subirse a un balcón para comprender que eso de allá se llama nube y que esa pared, como cualquier pared, no existe. Pero es que ¿acaso no tenemos todos un vidrio en los ojos? Y lo que se ve no es nunca lo que se ve. Es decir, las cosas en sí, tanto un señor sosteniéndose de la baranda para no caerse, como este cuaderno garabeatado en el que ahora mismo me escribo, no son sino un pretérito de lo que está sucediendo, el reflejo de lo que en re
- ¿Te podría pedir el asiento?
...

calma

Ayer salí del bar, caminé sola hasta la parada del colectivo y me perdí apropósito en un desconocido Buenos Aires. Era sólo un cuerpo, la introspección había desaparecido para sentir, poco a poco, el frío en los huesos. Me auxilié en la ventana de una vieja casa, donde una música se interponía entre la persiana y el aire. Miré el cielo, plagado de nubes en forma de espiral, y busqué a la luna entre las ramas de los árboles. Siempre me resultó inextricable encontrarla desde la calle. Siempre, pero no ayer.

hueco

La noche en la que supe que estábamos lejos, no fue cuando tu distancia se hizo tangible en el aeropuerto. Supe que estábamos lejos antes de que lo estuviéramos, y tuve miedo de decírtelo porque entendernos desde una punta a otra de la ciudad, cuando la ciudad no es ciudad, es inasequible. Pude haberlo intentado mediante una carta, pero las cartas siempre son ausencias. Y si no tomé el teléfono, fue porque el teléfono no existe: estamos atrás de las invenciones, somos antes de Graham Bell y sin embargo no somos.
Amor, no me basta el silencio para acercarme a vos y a vos no te basta la palabra para acercarte a mí. Ese es el problema: siempre partimos de una distancia; nos hicimos desde lejos, nos conocimos entre trenes. La ciudad, cuando la ciudad no es ciudad, es inasequible.

para leer mientras mirás el partido

¡Ay, mi querido drogadicto! Tenías la boca roja cuando llegaste; los ojos de Ana o la nariz de Julia. Juro que la idea de verte convulsionando me tentó mucho, pero eso no fue lo único. Verás, intuyo que esas mujeres hacen el amor de la misma manera en que se toman el colectivo. ¡Ay! Hasta me las imagino pidiéndote que te desnudes como una vieja pide el asiento. Son tan graciosas las sumisas que sólo se atreven a dar órdenes en la cama. Y decí que no abren la ventanilla para ver el tráfico, ¡si se enterasen de tus trabajos sucios! Hipócritas, estoy segura de que las dos toman. La otra vez Ana, en la fiesta de mi profesor, tenía los ojos como dos frutillas; y a Julia no hace falta ni verla para darse cuenta. ¿Sabés, mi amor? Todavía no entiendo tu obsesión por ellas. Sé que no podés concentrarte únicamente en mí, y vos sabés que es lo que menos quiero, pero hay mujeres (mu-je-res) en todas partes y vos siempre fuiste un seductor. Pienso que si fueras un poco menos egoísta y trataras de ayudarnos a ambos, mi escritura mejoraría bastante. Ya hace un tiempo que tus relaciones vacías no me inspiran; antes, del sólo hecho de imaginarte con otra, creaba cosas fantásticas. Pero ahora, cómo pretendes que nazca la belleza si lo único que me das es gracia. Gracia, mi amor: me río mientras prendo la hornalla, me río cuando hundo el saquito de té, me río en el detergente. Mirá que trato de agarrarme de, no sé, la envidia. Trato de que, entre el papel y mi cuerpo, surga la bronca, la angustia, la tristeza de que estás con otra. Pero no, es imposible; a veces, se me ocurre negarte ver a las demás sólo para ir en contra de mí misma y que la reacción sea justamente a modo de palabra. ¡Uf! Es todo tan tedioso, te escribía sólo por necesidad de usar la lengua y terminé en lo mismo de siempre. Esta manía de las mujeres, esta puta descendencia que no puedo evitar. ¿Por qué siempre la queja? ¿Por qué? ¡Olvidate de todo lo que te escribí! Te voy a dar la carta sólo por fidelidad. Traé cigarrillos en el entretiempo, sabés que me gusta quedarme acostada los domingos.

...

Él abrió la ventana y encendió el último cigarrillo. El cielo era el empapelado de lo absoluto; las nubes, el principio del infinito. Tenía la boca de humo, los ojos cerrados y el cuerpo sin sombras. Desde la habitación, Spinetta lo cosía al vidrio y lo descosía al tiempo. De pronto, sintió que en el aire -en su voz- nacían alas. Y entonces, sin alas, voló el balcón.
El trueno fue palabra; la lluvia, sinfonía.