1. f. Carencia voluntaria o involuntaria de compañía.

Querida soledad:

Los últimos días con vos me han resultado sublimes. Sé que no seré ni la primera ni la última que se halle en tus brazos (y vos sí lo serás, lo sabés, en mi tumba), ¡pero qué importa! Fuimos, soledad, fuimos tan de la ventana como de un cuarto desquiciado por libros y memorias.
Deberé reconocer que hubo instantes en los que ansié correr desesperadamente lejos de vos, sentir que había otro del otro lado de la pared, abrigarme más allá de la frazada. Pero bastaba un espejo, una canción, un papel; y todo deseo de irme de mí, desaparecía.
De vos y en vos, conocí mis peores infiernos, trituré a la muerte en algunas madrugadas, me aferré a lo inexistente. Fue por vos que escribí la primera vez. ¡Ay, soledad! Me conocés hasta lo más hondo, hasta esa parte en la que yo no puedo acceder por ser yo misma.
Y sin embargo, esta necesidad de explicarte; como si no lo supieras, como si no te bastara el silencio. ¿Por qué? Porque no lo tolero soledad, porque no soporto que tantos bípedos implumes te desprecien, te lastimen, te echen de sus casas porque no saben hacer café o ver la luna. Eso es miedo, siempre miedo: le temen a la oscuridad, a la ausencia, a la calma. ¡Temen de sí mismos! Y no los culpo, soledad, no los culpo; sabés que la primera vez que apareciste debajo de la cama, hubiese salido corriendo si hubiera tenido a dónde correr.
Pero no, acá estoy; mirándote desde el centro de mí, escribiéndote desde unas manos que supieron acariciarte como si fueras palpable, conocerte en la fibra más íntima, revivirte en un bostezo y transformarte en una ducha.
Sé que te abandoné ciertos fines de semana, pero muchas veces sentí que te asfixiaba, que te sofocaba; y entonces, en un bar, cuando la espuma de la cerveza erguía, cuando todos sonreían y gritaban, sentía como una punzada en el estómago tu presencia. ¡Cuántas veces quise dejarte sola, soledad, y te volví a encontrar!
Esta carta jamás será una despedida: somos inseparables a pesar de la alteración eterna. Sabés que el día que me necesites, bastará con que detengas la línea del 107 o me cortes el agua; y yo, si te preciso, te buscaré en el cielo o en el desayuno. Pero creo inevitable este tiempo, esta distancia; aprender a ser con otros, soledad, y que vos les enseñes a los otros a ser por sí mismos.

Tu fiel compañera:
F.

13 comentarios:

  1. suicidame, soledad (que se llama soledad)

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  2. Hay que aprender a convivir con ella, pero sin llegar a ser dependiente. Saber que sólo es una amante inoportuna.

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  3. me encantó. En la soledad y en esta carta está todo lo bueno de la instropección. Besos

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  4. Últimamente desarrollé con mi soledad una fidelidad rayana en la obsesión.
    Increíble. Como siempre.

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  5. que linda foto la de cuando hago click en tu blog para entrar

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  6. Muy bueno, no solo el texto en si, sino también la idea de esta "carta" a la soledad, cuando la gente hace todo lo contrario.

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  7. Me gustó, sobre todo porque sabés disfrutar, a disgusto o con gusto, lo bueno y lo feo de la soledad. Se nota que de verdad la conocés.

    saludos, tincho

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  8. Sí, acá mismo, en este instante, ambas te escribimos.
    Yo convivo con la mía y nos llevamos muy bien.

    Abrazo.

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  9. Ella solo me pide una cosa para poder pasar más tiempo a mí lado: sentirse cómodo con uno mismo.

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  10. Sol-edad. Ya en sí sus lexemas son bonitos.

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