III

quiero ser tu nube, tu cristal de nieve
el agua microscópica en tu cuerpo

quiero ser tu nube, tu algodón de aire
la extensa capa que recorre
tu infinito

quiero ser tu nube
y en lo más hondo de la noche
lluvia

resaca

La mañana la entretejió a los vidrios, sus piernas estaban enredadas en las sábanas; tenía el cuerpo como una planta creciendo de la cama. No podía despertar, el cráneo era memoria; sólo corrió la espalda hasta la pared y se unió los huesos en el empapelado. Todo recuerdo se deshojaba en cuanto tomaba conciencia de su cuerpo. El espejo de la puerta alcanzaba a reflejar su pierna izquierda que, repleta de bichos, se resquebrajaba la piel. Quiso acercar su rostro al reverbero, pero tenía los dientes entrampados en la frazada. Gritaba: en el grito, las ramas como brazos crecían por la ventana. Estaba sedienta. Al tallo lo percibía en el tórax, deshilvanándose a cada suspiro. La persiana estaba cerrada y apenas un rayo de sol le penetraba el cuello: la respiración era dióxido.
De repente, despertó: la clorofila hartándole la aorta; estambres en los ojos; pétalos entre la tráquea. Postrada sobre el mármol alcanzó a verse la boca en el espejo: no tenía flor ni frutos; el rouge era un estigma roto. Lloró desarticuladamente y de las lágrimas, sintió una especie de polen ahogándole la garganta.
Y entonces, recordó: el había sido su tubérculo; la arrancó de la tierra sin clemencia; se marchitó en el centro de su plexo.

fuego II

Para ese entonces, todavía éramos dos cuerpos, dos cigarrillos apenas encendiéndonos el uno al otro, inhalándonos de manera tal que el fuego nos dejara prendidos en la habitación, que el humo nos acariciara la espalda y entonces El árbol caído y tocarnos pero sin tocarnos, besarnos desde lejos estando cerca, sentirnos y de repente enamorarnos del rojo, vernos desde afuera y aspirar, salir de los dos como si no hubiera pared, volar hacia vaya a saber qué.

Pero en cuanto me alcanzaba los fósforos, se dio cuenta de que era terrible; de que mañana o cualquier otro día, se apagaría el fuego y nosotros nos encargaríamos de tirarnos, de barrer la ceniza para que los dos al mismo tiempo, pero sin ser al mismo tiempo, tomáramos uno nuevo; de que todo hacer implicaba dejar de hacer, de que lo que en realidad estaba haciendo era apagarme para encenderme en otra parte.
-El cigarrillo se fuma para fumar otro más tarde- me dijo mirando a la ventana.
-Lo tuyo siempre consiste en eternizar las cosas, che. En cuanto te agarrás de lo efímero, te caés del precipicio.
-Pero Nietszche y su teoría del eterno retorno me sostienen.
-¿Acaso tengo cara de cigarrillo? O lo que es peor: ¿el cuerpo?
-Jaja, te pisaste sola.
-No te hagás el estúpido, mi amor. Todo lo que decís, siempre quiere decir otra cosa.
-O en definitiva: todo lo que es, siempre es otra cosa.
-Claro: yo soy un cigarrillo; vos, un idiota que trata de fumarme sin darse cuenta de que es un encendedor.
-Si fuera un encendedor estaríamos condenados a ese único instante en el que te prendo, y creeme, creeme que quisiera pero no. Quizás parezca un encendedor, pero en realidad soy un idiota.
-Como sea, se acabó el cigarrillo. – dije casi asintiendo.- Me da lástima tirarlo, ahora que dijiste eso me da lástima, parezco una estúpida tratando de entender a un cosito que saca humo, pero… me pongo en su lugar y es todo tan triste. Y mirá a estos, están en su lecho de muerte…están todos juntos mirando para abajo, encerrados...
-Ves, tengo razón. No hace falta que trates de entrar en la caja para darte cuenta de que ya estás adentro.
-¿Y vos adónde estás, idiota?
Él se quedo mirándome hasta que nos empezamos a reír, después, ya lejos de toda analogía, dijo que lo conveniente era fumarlos todos juntos para que murieran en compañía, pero nos pareció mejor idea arrojarlos al piso y que aterrizaran en la alfombra, que supieran lo que era la vida un tiempo. Yo me acosté en su cuerpo e insinué que los que no me daban lástima eran los cigarrillos malos y entonces sacó del cajón marihuana y mientras prendía los fósforos, me fumaba la espalda.