diario (4): expedición de un lunes

La luna y la miel de uva: una ensoñación para combatir a la tristeza.
Debería aprender a escribir el universo, y no esta amalgama de ilustraciones para olvidar tu nombre. Mi escritura se volvió la definición de tu abandono (casi sin metáfora y huérfana de imaginación). Todo lo que sé decir está lejos de lo que en realidad sucede; como si para explicar la estrella tuviera que esbozar el mundo.

diario (3): revelación en la plaza

Francia es hermosa con lluvia, casi infinita. Los franceses forman una cuenca hidrográfica irreprensible, como en la obra de Caillebotte. No podía evitar sentirme un pincel insolente en La Plaza de Europa; cada paso era un absurdo para con el mundo. ¿En qué instancia me volví una minuciosa del espacio? Quizás en cuanto perdí noción del tiempo. Antes escribía, ahora matizo las palabras con acuarela, una acuarela de relámpago.

diario (2): carta desfechada un tres de luna

Estuve estudiando toda la noche la relación de los astros con tu universo celeste; advertí que entrar en tu cuerpo era también aprender a descubrir los asteroides, los cometas y las curvas de luz. Por un instante, tuve miedo de que los astrónomos se percataran de tu existencia, de que dejaras de ser un ente decididamente mío para comenzar a suceder en los otros. Imaginé a cientos de sujetos dispuestos a explicar el origen de tu cuerpo, observando tus movimientos y tus constelaciones no con la lucidez del sentimiento, sino con la nimiedad de un interés geocéntrico.
Encontré además, en la magnitud de la ausencia, tu calendario lunar; y comprendí que mi mundo hallábase inmóvil frente a tu alma.

diario (1): viernes en la ciudad del abandono

Francia está nublada. El servicio meteorológico anuncia una tormenta insondable para la noche. Mientras tanto, mi cuaderno de poemas se encuentra en una nube. Ni una sola palabra.
Esta tarde, caminé por París clasificando cielos como la turista que nunca soñé: fui triste. Toda calle era una peregrinación a la tristeza. Todo rostro tenía al pasado acumulado en los ojos.
<<Francia es a los franceses, lo que nosotros al mundo>> me decía cuando dibujaba con los pies el acertijo de tus sueños (un mapa indescifrable en el silencio).
Pero hoy, el pretérito me reprendió la frase: "éramos".
¿Acaso no existe un tiempo ajeno a vos?
Despedirte es como salirse de los acontecimientos, como expulsar a un francés hacia una ciudad novilunia.
Todo se torna imperceptible cuando no estás; nada sucede cuando no sos.
Esa señora de ahí, por ejemplo, en la escalera de la Rue no se qué, me miraba con los ojos de un gato, detenida en el umbral de mi cuerpo como si fuera un fantasma, como si por fin un horrible fantasma me hubiera abrazado el alma (¿acaso eras vos?).
Lo cierto es que quise llorar y no pude. No pude llorar. “¿Me habré vuelto un fantasma?” me dije. Ya no siento las cosas cuando las palpo, esta noche lloverá y lo mismo.
¿Lluvia en Francia? Siempre un fragmento aplazado en mi vida; siempre la pendiente en el calendario (todo calendario es una falsificación inaprensible de la ausencia).
Ahora estoy en la habitación de una calle cuyo nombre es casi impronunciable para mi lengua, como también lo es impronunciable tu cuerpo para mi alma y cada parte de lo que fuimos.
Estoy tan sola, Facundo, nadie me mira, nadie me dice “Buenas tardes, qué tal”, quizás porque son franceses, y todo aquí es como si no te conocieran: triste.
Estoy condenada a tu ausencia, a no ser sin vos; estaré condenada siempre a tu inexistencia. En todos los papeles dibujo tu sonrisa, tu sonrisa que habrá sido y nunca será. En todos los papeles, ni una sola palabra.

confesión de invierno en verano

Escribir es triste, Facundo. Los recuerdos se esconden en un cofre de cristal y tu rostro es entonces como la lluvia o el invierno. Es decir, mi mano busca (con tu no vos en los dedos) la infancia perdida en medio de palabras; y todo lo que encuentra es una forma parecida al deseo o el pretexto de una pena dulce.
No hallaré jamás modo alguno de explicar la ceremonia de mí en vos, ni la sensación desesperante de no serte. Todo tiende, y tenderá siempre, a engranarse en un museo absurdo de recuerdos y de puentes, y al fin de cuentas sólo seremos la tempestad y un balcón en el medio de la noche. Por ejemplo: decir te quiero por primera vez se tornará ciudad: el reconocimiento de lo que tuvimos (pretérito meramente circunstancial) y en cuanto de serme a vos fuimos.
No se puede escribir cuando los dedos tiemblan de haberte conocido; nunca podré recitar un beso. Nada se parecerá al vacío de tu cuerpo, ni habrá representación alguna para tu mirada. Temeré de la pluma porque no es tu mano; de la palabra no en tanto ausencia, sino en ajena. Y siempre serás la letra tácita, el poema inacabado, una prosa silenciófila en el fondo de la boca.