diario (1): viernes en la ciudad del abandono

Francia está nublada. El servicio meteorológico anuncia una tormenta insondable para la noche. Mientras tanto, mi cuaderno de poemas se encuentra en una nube. Ni una sola palabra.
Esta tarde, caminé por París clasificando cielos como la turista que nunca soñé: fui triste. Toda calle era una peregrinación a la tristeza. Todo rostro tenía al pasado acumulado en los ojos.
<<Francia es a los franceses, lo que nosotros al mundo>> me decía cuando dibujaba con los pies el acertijo de tus sueños (un mapa indescifrable en el silencio).
Pero hoy, el pretérito me reprendió la frase: "éramos".
¿Acaso no existe un tiempo ajeno a vos?
Despedirte es como salirse de los acontecimientos, como expulsar a un francés hacia una ciudad novilunia.
Todo se torna imperceptible cuando no estás; nada sucede cuando no sos.
Esa señora de ahí, por ejemplo, en la escalera de la Rue no se qué, me miraba con los ojos de un gato, detenida en el umbral de mi cuerpo como si fuera un fantasma, como si por fin un horrible fantasma me hubiera abrazado el alma (¿acaso eras vos?).
Lo cierto es que quise llorar y no pude. No pude llorar. “¿Me habré vuelto un fantasma?” me dije. Ya no siento las cosas cuando las palpo, esta noche lloverá y lo mismo.
¿Lluvia en Francia? Siempre un fragmento aplazado en mi vida; siempre la pendiente en el calendario (todo calendario es una falsificación inaprensible de la ausencia).
Ahora estoy en la habitación de una calle cuyo nombre es casi impronunciable para mi lengua, como también lo es impronunciable tu cuerpo para mi alma y cada parte de lo que fuimos.
Estoy tan sola, Facundo, nadie me mira, nadie me dice “Buenas tardes, qué tal”, quizás porque son franceses, y todo aquí es como si no te conocieran: triste.
Estoy condenada a tu ausencia, a no ser sin vos; estaré condenada siempre a tu inexistencia. En todos los papeles dibujo tu sonrisa, tu sonrisa que habrá sido y nunca será. En todos los papeles, ni una sola palabra.

3 comentarios:

  1. Me quedo con la señora de la Rue no se qué; la de los ojos felinos... cuando uno se deja dictar por las pupilas de la calle (y horribles fantasmas abrazan (con Z y con S) desde el umbral del alma -nuestra-) es cuando viaja sin palabras,,,

    Es tiempo aprenderlo, pero viajar sin palabras es un buen augurio; el posible prolegómeno a las nuevas palabras (y conste que soy el tipo menos optimista que conozco),

    Un fuerte abrazo desde Argentina, casi lejos de París.

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  2. Francia y, Europa, porque España es África y me da igual qué piensan los españoles que me lean (seguro que soy más español que ellos, aunque españoles, en realidad, no existe ninguno), Francia y Europa, digo, por lo general siempre están nubladas y el cielo es un colchón viejo, gris y deprimente que se te echa encima. El francés, tienes toda la razón, es un idoma que sabe a queso, de exquisito nada, y que provoca agujetas en la lengua. Por lo demás, los franceses, unos bárbaros. Todos, todos dicen ser de París, hasta Dios es parisino y el mundo, a ver si se acaba ya de una vez, gira alrededor de la Torre Eiffel. Besos. Un placer leerte, siempre

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  3. Suscribo casi todo lo dicho por jojoaquin excepto su reajuste geográfico.

    Europa realmente se cae a pedazos. Y de paso todo lo que hay dentro, como un dominó. Creo que transmites bien la idea.

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