conjugación de vos

Probablemente estés sentado en tu colchón leyendo los poemas que deletreé en el cuaderno antes de irme. Quizás hayas tenido miedo, y entonces, en el silencio de la noche, habrías trazado una caricia con la palabra despedida. Sospecho que tomaste el último tren celeste y en un viaje de trasparencias, habías escrito dos lunas con mi nombre. Temería que hubieras llorado o que cuentes ovejas blancas para dormirte. Te insistiría, como una hamaca al viento, que te quedaras en tu cuerpo, que te tomaras la cintura y aprendieras a apreciar ese paraíso de tristeza.
Pero estás sentado en tu colchón, probablemente nada, quizás nunca tuviste miedo, trazarías, no sospecho, ni una caricia ni dos lunas, y temeré, celestemente, que no hubieras llorado, que no insistas en quedarte, para siempre, en mi cintura.

no queda nada

Equilibrar el universo: condenar a todo lo que no sos.

Diseñé un mapa de todas las muertes posibles, de todas en las que no entrara tu nombre. No hallé en ese esquema inconsciente, ni una sola razón para tu ausencia. Deseé con el alma que hayas sido otro para que pudieras ser en vos. Nada. Tus alas como dos reliquias en el palacio del olvido.

arroz con leche

Y resulta que abro la puerta y no estás. La escena se repite una infinidad de veces, deberías verme, sentada en el sillón, casi rendida, me miro las manos, no puedo creerlo, empiezo a maldecir, maldigo al tiempo, a las palabras, no sé ni qué maldigo, y entonces, como una niña condenada a la inocencia, me echo a llorar desconsoladamente. Y no termina ahí, es otra vez lo mismo: esperar a que estés escondido en el balcón, cansado de esperarme, apagar el cigarrillo, reirte del horror de que estás muerto, y prometerme que mañana me llevás a caminar sin despedirte.

diario (5): julio de puntos suspensivos

Ayer me dormí a la medianoche. Estuve trabajando en un imposible: celebrar tu ausencia.
La habitación era un cementerio de cielos y en cada vértice, hallábase una fotografía de otra fotografía (como si mi recuerdo de vos estuviera nombrado en otro recuerdo). El deber consistía, dolidamente, en mirar y no mirarte a vos. Lo preciso era, por ejemplo, que el invierno reconociera las vacaciones en la nieve y no tu cintura en mi ventana. Alcancé a memorizar un libro olvidado en lugar de tus manos, y un paraguas perdido en mitad de la lluvia. Pero en cuanto contemplé al cielo alunado en la mesita de luz, tu retazo de caricia me lagrimeó los ojos.