arroz con leche

Y resulta que abro la puerta y no estás. La escena se repite una infinidad de veces, deberías verme, sentada en el sillón, casi rendida, me miro las manos, no puedo creerlo, empiezo a maldecir, maldigo al tiempo, a las palabras, no sé ni qué maldigo, y entonces, como una niña condenada a la inocencia, me echo a llorar desconsoladamente. Y no termina ahí, es otra vez lo mismo: esperar a que estés escondido en el balcón, cansado de esperarme, apagar el cigarrillo, reirte del horror de que estás muerto, y prometerme que mañana me llevás a caminar sin despedirte.

1 comentario: