arrojarse al mundo

Para escribir es imprescindible arriesgar, al menos, un poco de nada: hacer una plastilina invisible con la falta y distorcionarla en formas infinitas. Por ejemplo que -me hice un té a las cinco de la mañana- quiera decir -tengo miedo del miedo- o -no sé cómo dormir mi propio sueño-. Para el caso del silencio, lo mismo cualquier cosa: -todos los días me compro un globo azul- o -ayer y mañana puedo lo que nunca-.

para cronometrar la tristeza

Lo más necesario para llorar es comprender dos cosas: primero, que no se puede porque sí; segundo, que nunca hay un por qué. Puesto a eso, hay que hallar la ocasión precisa -que no es sino, lo incierto-; por ejemplo: ayer me pinté los labios, tengo que comprar una muñeca o no sé dibujar la nada. En ese caso, el llanto acontece como si estuviera escondido debajo de las cosas; y entonces, no existe otra posibilidad -en el círculo de lo binario- que presenciar también la alegría: me pinté los labios porque me gusta sonreír y qué te importa. Nada, o acaso todo, se advierte en eso: dar vuelta el mundo como un vestido de jean para encontrar la etiqueta extraviada desde el principio.

imprevisibile azul

De toda percepción se desprende una certeza ineludible: tal vez, que vos te ibas y yo me quedaba sola para nunca, o nada de estar juntos hacia ningún lado. Me acuerdo que mi luna llovía como si se delatara a sí misma, y tu cielo debajo insistiendo en no quedarse gris. Te pedí todo lo que no supe llorar, y acaso te callaste porque anunciabas mi silencio. De pronto, los dos sentados en una confesión como de noche: fenecer de lo que no se pudo hasta inventarse para siempre.

Iluminación (,etc.)

Vos, o tu cuerpo de vos, sentado en el sillón, mirándome como si pudieras hacer de tus ojos un vidrio impermeable. "No se puede vivir así, con toda la luna en las pupilas" te dije. Callaste. Tuviste un miedo de papel, efímero; y por si acaso, la esperanza de irte para siempre. "Vos no sabés no llorar, tenés la impresión del mundo y eso no se puede nunca". Me puse a llorar, no quise. Fue todo de una desprolijidad imprevisible, como las cosas que tienden a dejar de ser. ¿Y si hubiera tenido la delicadeza de abrazarte? Pero pensé: escribir una novela. Mi condición para dejarte. Tuve que haber sacado un cuaderno azul, que nunca viste, y hacer de tu ausencia una bicicleta de palabras para llegar a ningún lado. Después, cuando escondiste la tristeza en el bolsillo, obedecí; mi segunda tarea: "dejar de ser una nena". Aprender las sumas y restas, que las guerras son de verdad y que no hay que llorar cuando no existe. ¿Eso? ¿Despedirme de vos? No volver a tu cuerpo por primera vez, con la inocencia de un alguien que se abisma.
"Es fácil crecer, -dije cuando ya no estabas- tender un trampolín invisible a lo abstracto e inmiscuirse en todo lo imperceptible."