mapa de la inocencia

Él hizo un breve discurso de la luz, entre azules apilados y una caja de silencios. "Trazar, a modo de pincel mudo, un dibujo de ternura que quiera morir la infancia". No supe: esbozé lo no sabido como por las dudas. De pronto se durmió plegado al vidrio. Cerró el cuerpo como si cupiera un interruptor posible. Tuve un miedo (cercenado) en la punta de la lengua, algo de sentirlo todo y no decir porque la nada. Quise despertarlo, conceder la lluvia, prevenir el mundo. Acaso la tristeza me prohibió lo cierto: me acosté, muy por encima de mí, a su propia noche; y de golpe sentí como un pincel partiendo de mi espalda hasta su cuello: la infancia apagándose despacito a despacito en el abrazo.
Mi amor, no sé qué película pero un tiro adentro de la boca (fuerte, así, de golpe, sin miedo). Entonces pensé: debe ser posible. Hace falta una locura poco más que se me fue el mundo o no sé andar en bicicleta. Algo que duela tanto como para no verse, un vos en el centro de no sé dónde. Quiero decir: ¿cómo puede desperdiciarse una bala porque no alcanza nunca a repararse la infancia? Hay que aprender a darse por vencido. En el fondo, no puede ser tan terrible olvidarse de un nombre como para siempre; hacer de cuenta que el amor es nada, lo mismo estar con tanto llanto a dónde ir, de pronto. Debería aprenderse a guardar la noche: tenerla en una cajita como por las dudas. Y si acaso tuvieras miedo de quedarme, entonces yo podría abrirla, colmarla en mi cuerpo para no sufrirlo: mi amor, no sé qué película pero un tiro adentro de la boca: cerré los ojos porque estaba sola. No quise llorar encima de mí misma.