perder toda intención

No pude recuperar la palabra (es decir, ¿cómo?): hice una tijera de silencios por encima del naufragio, acaso inútil. Me lloré, sin darme cuenta, barquitos de papel para caer la noche y no llegar al fondo. Quise dejarme adentro el río, repleto de cauces y de lluvias: nadarme el cuerpo como si fuera a aprender el ahogo por sentencia propia. Después, a modo de lápida, escribí con la cascada:
1- de cómo cantar por debajo del agua y no escucharse
2- poder borrar los ojos sin intención de abrirlos
3- saber morir adentro, quiero decir, yo supe

cantar el llanto

Tuve el cuerpo repleto de lápices (así, azules, rotos). El primer quiebre de mi cintura a la talla de tu espalda: apenas un cierre de pájaro a ningún lado. Quise ser una pequeña lluvia -como si el paraguas fuera decir "aquí no estoy para borrarte"- y no alcancé siquiera a soplar los ojos (¿dónde habrían de dolerte?, dime, ¿qué basurita fue a parar a tus pupilas?). Tal vez hubiera dicho el invierno, esas ansias de esconderme bajo la herida, siempre dulce, y vos inclinarte hacia mí, pegarte a mis labios como con violencia, y no importa cuándo ni dónde, el dolor (acaso inevitable) de abrigar al frío después de pasar la noche, y visceversa.

eclipse breve

Era como si nunca hubiese sido abajo de la noche. Deslizaba sus brazos, apenas pluma, para hablar sobre mi cuerpo. La lluvia trazaba lo intraducible: dos tijeras, color laguna, en el fondo de tus pupilas. De pronto dije que te quise, como si hubiera que pegar palabra por palabra -a modo de pilón- el mundo. Vos me abrazaste, y un diluvio (casi de lápiz) vino a aquietar, por no decir romper, la luna.

pequeños incendios

Nunca quise decirles de pasar a mi infancia. Tuve miedo de que me dejaran un exilio adentro de mí misma. Apenas encendía la luz, salía corriendo para abrazar la noche. Siempre contuve los labios al punto de la lluvia. Nadie reparó en mis ojos al borde de un relámpago. No me robaron siquiera el tropiezo de mi llanto. Pero de pronto, una tristeza, no encontré lugar ni en mi propio cuerpo y tuve que ir, despacio, a tocarle la puerta al poema: -necesito un escondite para dormir- descifraron mis brazos (tal vez quedarme un ratito más que nada y trazar con tiza de color azul las paredes invisibles); entonces, casi un silencio, con la voz de un niño, me dijo "permiso" y me quedé como si no hubiera otra palabra para venir al mundo.

a modo de ruptura

No me importa, me quiebro en tu adentro como si no cupiera otra cosa: parir, rasgar, hundir la herida muy apenas. Quiero decir, no se puede escribir el deseo, las ansias de irse poco a poco en el otro sin alcanzar un cómo. Creo que dije dos o tres veces tu nombre mientras me metías el cuerpo. Casi lloraban mis piernas. Era como para quedarse en el fondo, luchar la pertenencia, el desarraigo, el ir de cuándo en cuándo a la carencia del lenguaje. Quise arquearme en dos para cubrir el gemido. Yo de repente salvaje, vos me morías el sexo y por favor no te fueras.

de dentro para nunca

Mamá me hizo apropósito. Le pedí por favor que me abortara pero ya había nacido lo indeleble. Puesto ahí, en medio del parto, abierto a mi cintura como si alguien me hubiera preguntado: "¿querés venir acá, te estamos esperando o preferís no saber nada, ni siquiera que no sepas?"
Yo fui así: un bebé lleno de sangre, yendo y viniendo de los brazos de no sé dónde a no sé quién, toda desnuda. Lloré porque me era demasiado no morir, y seguí llorando por miedo a no saber hacerlo. Después, una enfermera me cortó el ombligo y me dijo algo así como bienvenida al mundo. Yo quise salir corriendo, pero apenas alcancé a abrir los ojos y no verme.