pequeños incendios

Nunca quise decirles de pasar a mi infancia. Tuve miedo de que me dejaran un exilio adentro de mí misma. Apenas encendía la luz, salía corriendo para abrazar la noche. Siempre contuve los labios al punto de la lluvia. Nadie reparó en mis ojos al borde de un relámpago. No me robaron siquiera el tropiezo de mi llanto. Pero de pronto, una tristeza, no encontré lugar ni en mi propio cuerpo y tuve que ir, despacio, a tocarle la puerta al poema: -necesito un escondite para dormir- descifraron mis brazos (tal vez quedarme un ratito más que nada y trazar con tiza de color azul las paredes invisibles); entonces, casi un silencio, con la voz de un niño, me dijo "permiso" y me quedé como si no hubiera otra palabra para venir al mundo.

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