como si empujara

Sabés qué, nene: incendiaría a tu madre por no prohibirse el sexo. Porque no supo nacerte. Habría que cerrarle la palabra. Decirle mirá nena a partir de ahora no hables más. Y que todas las vecinas le adjudiquen una muerte, como para asir la vergüenza. Yo la haría parir al revés el dolor y que puje con fuerza, cosa que aprenda. Y no me vengan con que la alegría, etc. A esas mujeres les vendría bien una jaula o un bozal. Porque no se hace mal al otro sin darse cuenta. Al mal se lo venera o no se lo toca. Y ser madre no es fácil: se es madre o no se tiene que ser. Lo del acto de crianza es otra cosa. Primero porque no supo elegir un hombre y segundo por no llamarte para que salgas de adentro. No se tira a un bebé por la escalera para que aprenda a golpearse: se lo cuida de modo que nunca se caiga. Y si se cae, te acompaño al hospital y te compro caramelos; nada de maldecirte las piernas. Quiero decir: yo nunca hubiera sido tu madre. Y eso es una declaración de justicia y hasta quizás de amor. Porque amar es poder ir en contra de la maternidad: como llorar cuando hay que planchar o salir corriendo antes de cocinar un cuerpo. Yo te puse a hervir y te hiciste de un horror tan torpe que hubo que comerte con las manos. Pero siempre vino tu mamá a buscar las sobras para los gatos y había que decirle que pasara después: mirá, mamá, no vengas ahora que no me quedan espacios. Se batalla contra la infancia a fuerza de odiar a la madre, a modo de encontrar un sexo. Porque al parto hay que irlo en contra: quise que vinieras al mundo y apenas me dejaste sangrando.

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