por debajo del lenguaje

Esto tiene que ser lo más parecido al acto del vómito (y no me hacen falta los dedos). Escribo como quien arroja una piedra para pedir auxilio o se prende fuego. No pienso las palabras, tapo el silencio porque me es horrible. Y escribo rojo, rojo-vómito: tengo que hacer un esfuerzo para -no es eso lo que quiero decir- (estoy en presente: no hay corrección porque el error me es necesario): me quiero vaciar de vos, pujar(te) de modo que te mueras adentro. ¿No es curioso que en el fondo todo sea un parto? No. Escribo la locura. Leeme entre líneas o no me leas. Esto es como desangrarse mientras se da a luz a un niño -¿vos eras un niño y me pateabas el cuerpo?- (Te voy a contar un secreto, no se lo digas a nada: yo una vez me morí naciendo un animal así de espanto y después me hice boca a boca porque quería la vida). Pero ahora no: ahora no sé qué es dar a luz. Me duelen los ojos: la luz es llanto, un llanto de pegarse a dónde. Y apenas se alcanza a dar a sombra. Y hay que escribir gatos: los gatos se comen su propia placenta, hay que escribirlos, escribirlos muy fuerte porque quiero vomitar, vomitar del asco, romper bolsa y romperme (vaciarme toda porque estoy muy llena, llenísima de vos). Sí, quiero darte asco: meterme los dedos en la boca como si fuera tu sexo y humillarme hasta lo más hondo. Quiero abrirme el cuerpo y cavar con un hacha para borrar la herida (arrancar la raíz) y morirte. Porque no se ama así como así y después a llorar a la iglesia, ¿sabés? Porque no se puede. Te explico: hay un dolor que se llama dolor y hay otra cosa que no se puede explicar.

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