contar hasta dónde

Hicimos así: vos venís, te vas, yo llego, siempre tarde. Como si jugáramos a las escondidas y no fuéramos ya los niños sino el escondite. Me alcanzan las ansias de querer ir corriendo a tu cuerpo para resistir el deseo (1, 2, 3). Entonces, me quedo quieta como si accionara, de golpe, con el adentro. Se abren, a mi propia noche, las imágenes. Se repiten hasta el cansancio. Son como recortes ínfimos, que yo misma hago encajar: tu cintura, en despacio, mis manos. Es una invención salvaje. Me funciona para empujar el llanto. Hago el olvido con tu manera de decirme, en voz baja (a los oídos). Apenas llego a las manos abajo del vestido. La figura permanece. La reincido, una y otra vez, con fuerza, adentro de mí misma. Vos -pienso- muy en el fondo. Hasta que es un de golpe (1,2,3) tu cuerpo, como si jugáramos a las escondidas y fuéramos los niños ya sin el escondite.

CAJITA NEGRA

Te voy a pedir por favor. Como si una nena temblando en su triciclo. Como con miedo. Voy a llorar y hacer la escena. Pero no importa. Vos el acto de cerrarme la puerta. Tenés que el esfuerzo de no cuidarme al vacío. Poder ejercer la despedida, para que aprenda.
Me vas a doler siempre. Todos los días decir yo tuve mi primer amor y le pedí que se fuera. Nunca se va a ir pero no importa. Se ama para venir al mundo por segunda vez, es decir, consciente. Para ponerle un nombre al dolor, al desarraigo. Y poder pedirle por favor como quien culpa. Pero hace falta después la noche, hacerse cargo. Aprender a dormir con la luz apagada, como con miedo.
Te dije ahora te vas y te irías (te estás yendo) para siempre de mi vida. Porque es necesario bajarse del triciclo, pese a que el cuerpo duela. Porque hace daño pero se crece. Y qué me importa. Por favor no te vayas quiero decir te fuiste.

ESCRIBIR

Escribamos lo que escribamos siempre vamos a seguir escribiendo. Esto quiere decir no hay fondo. El animalito de la escritura está poseído por su propia carne. Lucha y muerde adentro de sí mismo. Hace así y así y nunca alcanza. No sacia. No descansa. Pide -casi sin por favor- todos los cuerpos posibles. Habría que herirlo de veras. Habría que herirlo o darle nuestra propia herida. Yo, por ejemplo, muerta para la escritura. Diciendo acá tenés, cosita de Dios, masticá mi cuerpo. Porque me hiciste de un terror demasiado oscuro. Porque demasiado es apenas eso: la conciencia, la conciencia de estar escribiendo. A mí me hubieran llamado Florencia pero si no escribiría hubiera sido más fácil. Y digo fácil como si supiera que hay que aprender tanto que es preferible no saber nada. Eso, Noelia: pondríamos tu cabeza en el vacío y: a ver, decime cómo se hace ningún lado, hacete la que no sabés que escribir es una llaga pidiendo por favor abrirla más y más hasta que no entre nunca. Eso, escribimos la falta. La falta de un cuerpo haciendo fuerza para adentro nuestro. Escribimos porque no tenemos bebés en la panza y de golpe pareciera que los tuviéramos. Quiero decir acunamos la escritura, le hacemos así y le aprendemos toda la palabra. Sería más fácil sin el instinto materno: como escribir pero sin darse cuenta, abrir el pecho mirando para otro lado. Es imposible. Nosotras contra el animalito, siempre la misma batalla: esa manera de darnos por vencidas y afilar la espada. Escribir es un bebé salvaje. Es como pidiendo leche y más leche. Escribimos porque no concebimos otra forma de pujar a la muerte sino es escribiendo su propia palabra.

la niña

para Lucila

Había una vez, y otra y otra. La niña sonríe. Como si estuviera en una fiesta donde el terror le alcanzara la nuca. Esconde una mano abajo del vestido, se toca los párpados. La imagen se repite, no cesa. Ella es todas las veces. Y otra. No lo sabe. Apenas lo percibe. Como si intentara, con cuidado, hacer la noche. Esconde la mano abajo del vestido, y es casi siempre lo mismo (quiero decir la niña).
Hay una vez, y otra. La niña sonríe. El terror la persigue. Pero ella se toca los párpados. No cesa. Hace la fiesta como si estuviera, de golpe, por salir de la infancia -y es casi siempre lo mismo-. No lo sabe. Ella sonríe.
Había una vez: quiero decir la niña. Como si la noche abajo del vestido y otra.

hacerse la guerra

para con Lucas/su niño adentro
(porque siempre lo mismo)

Darse por vencida es como declararse la muerte. Ponerse fecha. Así, en voz alta: tres horas con diez segundos. Dije adiós mundo, para nunca. Barco hundido.
Me fui de tu cuerpo como si hiciera una guerra infinita adentro. Hubo todo el ejército. Llovía. Armé mi propia batalla, con lanzas e incendios. Hacía fuerza en la herida, como si cada vez menos, porque ya demasiado. No quise salvarme. Necesitaba el entierro. La despedida.
Y entonces me abrazaste. O eso quise. Fue como si lo hicieras, al menos. Como si tus brazos. Supe, apenas, el exilio. Sentí el frío, adentro. Los labios. Haciendo con fuerza el vacío. Tu mirada como yéndose, como si ya perteneciera a otra vida.
Me di por vencida para volver a nacer. Dije: te di todo el mundo y ahora quiero hacerme afuera. Darme respiración boca a boca y celebrar mi propia batalla. Porque no se muere si no es para crecer el cuerpo, para salirse de sí mismo. Porque morir es la única manera de entrar a la infancia.

había una vez y nunca

Estoy cansada de escribir. Ahora mismo querría que no me pasara nada. Decir con total solidez: y para qué, contra qué. Pero es siempre lo mismo: la niña huérfana que empuja, que pide por favor salirse. Como si llamara a su madre muerta en el medio de un bosque y no pudiera ya parar nunca. Hace esa noche de dar un concierto infinito con el llanto. La niña huérfana que quiere escribir con sus pequeñas manos (escuece) el vacío -pese a lo inmenso, a lo insondable- para tener de dónde agarrarse, para si el lobo feroz o la lluvia. Esto quiere decir: escribo con la intención de borrarte. Mi para siempre bosque encantado. Mi niño invisible. Ahora mismo es como si hiciera peso de un lado -donde nada duele demasiado- (mi infancia) para que tu cuerpo se derrumbe. Y no sé si ocurre de veras -habría que verte las rodillas, pedir perdón, soplar la herida- pero hay esa impresión de la caída. Hay esa libertad. Como si gritaras con fuerza pero te faltara la voz. Eso. Escribo como si te hablara encima, como si no te escuchara, como para no hacerlo.

para no hacerse sola

para Noelia 

Hay que decirlo: escribir es una salvación. Porque se salva el cuerpo. Escribimos para sacar a la palabra de adentro. De tan adentro que hay que hacer una herida. O hay que correrla: mejor dicho hay que correr la herida de su propia palabra. Algo así como exiliarla. Exiliamos la herida para no morirnos demasiado. ¿Y cómo la exiliamos? Haciendo un agujero, así. Como si se abriera la cicatriz con el silencio. Ni vos ni yo quisimos decir un jardín invisible pero lo escribimos porque sino hubiésemos muerto. Hubiésemos muerto adentro del jardín, pese a que no exista. Quiero decir: escribimos lo que no existe porque sino existiría el doble. O quizás eso es mentira. Quizás vos y yo fuimos dos niñas felices en un jardín y de golpe una guerra se nos hizo y hubo que llorarla. Porque nos enseñan a llorar para no tragar el dolor. Primer paso hacer fuerza en los ojos. Y vos y yo supimos ponerlo todo en otro lado. Le hicimos una cajita al llanto. Lo guardamos para no olvidarnos. O para olvidarnos de veras. Para aprender el olvido. Escribimos como si nos diéramos cuenta de que nos vamos a morir, como si quisiéramos evitarlo.
¿Y qué? De qué nos salvamos, te pregunto. Por qué nos duele el exilio de la herida, si no es ya la herida al fin. A dónde correr el cuerpo. Me mirás así, con toda tu niña adentro: al jardín. Que vayamos a jugar al jardín, pese a que no exista. Que hace mucha muerte y tercer paso hay que escribirla.