ESCRIBIR

Escribamos lo que escribamos siempre vamos a seguir escribiendo. Esto quiere decir no hay fondo. El animalito de la escritura está poseído por su propia carne. Lucha y muerde adentro de sí mismo. Hace así y así y nunca alcanza. No sacia. No descansa. Pide -casi sin por favor- todos los cuerpos posibles. Habría que herirlo de veras. Habría que herirlo o darle nuestra propia herida. Yo, por ejemplo, muerta para la escritura. Diciendo acá tenés, cosita de Dios, masticá mi cuerpo. Porque me hiciste de un terror demasiado oscuro. Porque demasiado es apenas eso: la conciencia, la conciencia de estar escribiendo. A mí me hubieran llamado Florencia pero si no escribiría hubiera sido más fácil. Y digo fácil como si supiera que hay que aprender tanto que es preferible no saber nada. Eso, Noelia: pondríamos tu cabeza en el vacío y: a ver, decime cómo se hace ningún lado, hacete la que no sabés que escribir es una llaga pidiendo por favor abrirla más y más hasta que no entre nunca. Eso, escribimos la falta. La falta de un cuerpo haciendo fuerza para adentro nuestro. Escribimos porque no tenemos bebés en la panza y de golpe pareciera que los tuviéramos. Quiero decir acunamos la escritura, le hacemos así y le aprendemos toda la palabra. Sería más fácil sin el instinto materno: como escribir pero sin darse cuenta, abrir el pecho mirando para otro lado. Es imposible. Nosotras contra el animalito, siempre la misma batalla: esa manera de darnos por vencidas y afilar la espada. Escribir es un bebé salvaje. Es como pidiendo leche y más leche. Escribimos porque no concebimos otra forma de pujar a la muerte sino es escribiendo su propia palabra.

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