había una vez y nunca

Estoy cansada de escribir. Ahora mismo querría que no me pasara nada. Decir con total solidez: y para qué, contra qué. Pero es siempre lo mismo: la niña huérfana que empuja, que pide por favor salirse. Como si llamara a su madre muerta en el medio de un bosque y no pudiera ya parar nunca. Hace esa noche de dar un concierto infinito con el llanto. La niña huérfana que quiere escribir con sus pequeñas manos (escuece) el vacío -pese a lo inmenso, a lo insondable- para tener de dónde agarrarse, para si el lobo feroz o la lluvia. Esto quiere decir: escribo con la intención de borrarte. Mi para siempre bosque encantado. Mi niño invisible. Ahora mismo es como si hiciera peso de un lado -donde nada duele demasiado- (mi infancia) para que tu cuerpo se derrumbe. Y no sé si ocurre de veras -habría que verte las rodillas, pedir perdón, soplar la herida- pero hay esa impresión de la caída. Hay esa libertad. Como si gritaras con fuerza pero te faltara la voz. Eso. Escribo como si te hablara encima, como si no te escuchara, como para no hacerlo.

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