para no hacerse sola

para Noelia 

Hay que decirlo: escribir es una salvación. Porque se salva el cuerpo. Escribimos para sacar a la palabra de adentro. De tan adentro que hay que hacer una herida. O hay que correrla: mejor dicho hay que correr la herida de su propia palabra. Algo así como exiliarla. Exiliamos la herida para no morirnos demasiado. ¿Y cómo la exiliamos? Haciendo un agujero, así. Como si se abriera la cicatriz con el silencio. Ni vos ni yo quisimos decir un jardín invisible pero lo escribimos porque sino hubiésemos muerto. Hubiésemos muerto adentro del jardín, pese a que no exista. Quiero decir: escribimos lo que no existe porque sino existiría el doble. O quizás eso es mentira. Quizás vos y yo fuimos dos niñas felices en un jardín y de golpe una guerra se nos hizo y hubo que llorarla. Porque nos enseñan a llorar para no tragar el dolor. Primer paso hacer fuerza en los ojos. Y vos y yo supimos ponerlo todo en otro lado. Le hicimos una cajita al llanto. Lo guardamos para no olvidarnos. O para olvidarnos de veras. Para aprender el olvido. Escribimos como si nos diéramos cuenta de que nos vamos a morir, como si quisiéramos evitarlo.
¿Y qué? De qué nos salvamos, te pregunto. Por qué nos duele el exilio de la herida, si no es ya la herida al fin. A dónde correr el cuerpo. Me mirás así, con toda tu niña adentro: al jardín. Que vayamos a jugar al jardín, pese a que no exista. Que hace mucha muerte y tercer paso hay que escribirla.

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