LA CULPA

En el nombre del padre, del hijo, me lastimé las rodillas por rezar adentro: como si hubiera que golpearse para recibir a dios. Hice una plegaria, una canción infinita, y me puse a llorar la llegada de nadie. Era pequeña y todavía la esperanza se hacía con miedo. Yo quería saber la ternura para no arder demasiado, para no irme muy abajo del mundo. Alguien me dijo que empujara la maldad, que aprendiera al prójimo. Yo miré al lado y había un pájaro aplastado, como si hubiera muerto por recién nacido, por no entrar en la especie, por concebir el pecado casi sin darse cuenta. Quise hacerlo luz. Me llevé el pajarito muerto a mi casa y lo guardé adentro de un placard, con terror. Hice en las manos el gesto de saberlo. De decirle la primera palabra. El milagro consistía en que respirara otra vez, en que tuviera la posibilidad de aprender los colores. Nunca se movió. Yo hice la cruz contra mi cara, los dedos como muy fuerte. El pájaro, muerto, adentro de las palmas de mis manos, como si yo misma le hubiera quitado la vida.

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