1.ADJ. PERSONA -es decir, pequeño- QUE HA PERDIDO A (sic) o se ha perdido

Los niños huérfanos hicieron una sectita del dolor. A la madrugada salen de las casas que no tuvieron nunca y se arrastran en dirección a lo absoluto. A veces, hacen cantos interminables como de recién nacidos; y otras, se lanzan a los brazos de nadie repitiendo sin pausa, arrancados, “mamá no vino porque no vino”. Cuando es muy de lluvia o se muere un bebé, se ponen a hablar en un idioma partido, como si hubieran perdido el terror, como si nada pudiera trocarlos. Nunca aprenden a llorar del todo, tienen el lenguaje sin útero, recortado del plasma, anestesiado.
Los niños adoptados por un dios maleducado, por una virgencita muerta. Sus cuerpos –como animales rotos- están hechos de falta, prolongados en la nada del mundo. Dicen que todavía no nacieron y sin embargo están muertos. Ellos no lo saben. A la madrugada esperan sus propios nombres. Nadie los llama. El día los devuelve otra vez invisibles, los castiga con su luz indeleble. Ellos, sin embargo, no descansan: fabrican –como obreros insomnes- una esperanza que por fin los salve, que les conceda una casita posible.
Los niños huérfanos no conocen su infancia;
trabajan con el olvido del mundo.

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